Prólogo del Dr. Martín Lutero
1 Puesto
que el Papa Pablo III convocó por escrito1 un concilio el año pasado
que tendría lugar en Mantua por Pentecostés y después fue trasladado de lugar2,
no sabiéndose aún dónde o si se pueda celebrarlo, y como nosotros por nuestra
parte, debíamos esperar que siendo invitados o no, fuéramos condenados, me fue
confiado3 componer y reunir los artículos de
nuestra doctrina, para que si se tratase de deliberaciones, se supiese dónde y
en qué medida queremos o podemos hacer concesiones a los papistas y sobre qué
puntos pensamos definitivamente perseverar y mantenernos.
2 En este sentido he compuesto estos artículos y los he entregado
a los nuestros. Han sido aceptados también por los nuestros y confesados
unánimemente, y se ha decidido que (si el Papa y los suyos alguna vez llegasen
a ser tan valientes y serios, sin mentiras y engaños, para convocar un concilio
verdaderamente libre, como es su deber) se debía presentarlos públicamente como
confesión de nuestra fe. 3 Pero la corte romana tiene un horrible temor ante un
concilio libre y huye tan vergonzosamente de la luz, que ha llegado a arrebatar
a los suyos la esperanza de que puedan soportar jamás un concilio libre y mucho
menos convocarlo por propia iniciativa. Están, como es justo, muy enojados y se
sienten bastante molestos por ello, como los que notan que el Papa quisiera ver
perdida a toda la cristiandad y condenadas a todas las almas, antes que él y
los suyos quisiesen reformarse algo y dejar que se ponga un límite a su
tiranía.
No obstante, yo he decidido hacer imprimir entretanto y
publicar estos artículos para el caso en que yo muera antes de que un concilio
se celebre (como lo aguardo y espero con toda certeza), ya que esos bribones
que huyen de la luz y temen el día tienen que darse una miserable molestia en
retardar e impedir el concilio. Con ello, los que vivan y subsistan después de
mí, pueden presentar mi testimonio y confesión4 fuera de la confesión que
he publicado anteriormente,5 la cual he permanecido fiel hasta ahora
y a la cual espero permanecer fiel con la Gracia de Dios. 4 En efecto, ¿Qué
habría de decir?, ¿De qué habría de quejarme? Estoy aún en vida, escribo,
predico, y dicto clases diariamente. No obstante, tales personas venenosas se
encuentran no sólo entre nuestros adversarios, sino que también hay falsos
hermanos que quieren pertenecer a nuestro partido y que se atreven a citar
directamente contra mí mis escritos y mi doctrina y esto ante mis ojos y oídos,
aunque saben que enseño de otra manera. Quieren dar una bella apariencia a su
veneno con mi trabajo y seducir a la pobre gente bajo mi nombre. ¿Qué será más tarde
después de mi muerte?.
5 ¿Hay una razón por qué yo deba responder a todo mientras viva?.
Y, ¿cómo podré yo solo cerrar los hocicos del diablo?. Y en particular a
aquellos (todos ellos están envenenados) que no quieren escuchar ni notar lo
que escribimos, sino que se ocupan con todo afán en trastocar y corromper
nuestras palabras en todas sus letras de la manera más vergonzosa. Dejo
responder al diablo tal cosa o finalmente a la ira de Dios, tal como merecen. 6
Pienso a menudo en el buen Gerson6, que dudaba de si se debía publicar algo
bueno. Si no se hace se abandonarán muchas almas que se podrían salvar. Pero,
si se le hace, ahí estará el diablo con incontables hocicos venenosos y
perversos que todo lo envenenan y trastocan, de modo que se impide el fruto. 7
Lo que ganan con ello, se ve claramente: Ya que han mentido tan vergonzosamente
contra nosotros y han querido mantener en su partido a la gente con mentiras,
Dios ha continuado su obra; hay disminuido siempre el partido de ellos y
aumentado el nuestro, y a ellos con sus mentiras los ha avergonzado y los sigue
avergonzando.
8 Tengo que contar una historia: Aquí en Wittenberg estuvo un
doctor enviado de Francia,7 que dijo públicamente ante nosotros que
su rey estaba convencido y más que convencido de que no había entre nosotros ni
iglesia, ni autoridad, ni estado matrimonial, sino que todo andaba como entre
los animales,8 y que cada uno hacía lo que le placía. 9
Ahora bien, ¿te imaginas cómo nos mirarían a la cara en el día del juicio y
ante el trono de Cristo estos hombres que por sus escritos han hecho creer al
rey y a otras autoridades como pura verdad tales groseras mentiras? Cristo,
Señor y juez de todos nosotros, sabe muy bien que mienten y que han mentido.
Tendrán que escuchar en su oportunidad el juicio; lo sé ciertamente. En cuanto
a los otros, sólo será su destino pena y dolor eternos.
10 Para volver a mi tema, deseo expresar que me agradaría ver
ciertamente que se celebrase un verdadero concilio, con el cual se ayudaría a
muchas cosas y personas. Nosotros no lo necesitamos, pues nuestras iglesias
están ahora iluminadas y provistas por la Gracia de Dios con la palabra pura y
el recto uso del Sacramento, con el conocimiento de todos los estados,9
y las obras buenas, de tal modo que por nuestra parte no buscamos ningún
concilio y en lo que se refiere a estas materias no podemos esperar ni estar a
la expectativa de nada mejor del concilio. Pero ahí vemos en todas partes en
los obispados parroquias vacías y desiertas que el corazón se le parte a uno.
Y, sin embargo, no se preguntan ni los obispos ni los canónigos cómo vive o
muere la pobre gente, por la que, no obstante, murió Cristo, y a quien no
quieren permitir que le oigan hablar con ellos como el buen pastor con sus
ovejas10. 11 Me atemoriza y aterroriza el pensar
que alguna vez haga pasar sobre Alemania un concilio de ángeles que nos
destruya a todos desde la raíz, como Sodoma y Gomorra, puesto que nos burlamos
tan insolentemente de El bajo el pretexto del concilio.11
12 Además de estos asuntos necesarios de la iglesia, habría
también cosas innumerables y grandes que corregir en los estados seculares. Hay
discordia entre los príncipes y los estados,12 la usura y la rapacidad
se han desencadenado como un diluvio, y se han transformado en puro derecho,
antojo, impudicia, extravagancia en el vestir, glotonería, el juego,
ostentación y los vicios de todas las clases, maldad, desobediencia de los
súbditos, servidumbre y obreros, extorsión por parte de los artesanos y
campesinos13 (y quién puede contar todo), se han
extendido de tal forma que con diez concilios y veinte dietas no se podría
restablecer el orden. 13 Si se llegase a tratar tales asuntos principales de
estado eclesiástico y secular, asuntos que son contrarios a Dios, habría tanto que
hacer que se olvidarían puerilidades y bufonerías sobre el largo de las albas,14
sobre el diámetro de las tonsuras, el ancho de los cinturones,15 sobre
las mitras de obispo y los capelos cardenalicios, los báculos16 y demás
farsas. Si hubiéramos realizado primeramente el mandamiento y la orden de Dios
en el estado eclesiástico y secular, tendríamos suficiente tiempo para reformar
las comidas,17 los vestidos, las tonsuras y casullas.18
Más si pensamos tragarnos tales camellos y colar los mosquitos,19 o dejar
las vigas y censurar la paja (Mt. 7:3-5), podemos contentarnos con el concilio.
14 Por eso he redactado pocos artículos. En efecto, ya de por sí
tenemos tantos encargos por parte de Dios para cumplir en la iglesia, en la
autoridad, en lo doméstico,20 que nunca podremos cumplirlos. ¿Para
qué o de qué sirve que por añadidura se hagan muchos decretos y ordenanzas en
el concilio especialmente cuando estas cosas primarias ordenadas por Dios no
son respetadas ni observadas?. Precisamente como si Dios debiese honrar
nuestras bufonerías a cambio de que nosotros pisoteemos sus serios
mandamientos. Sin embargo, nos agobian nuestros pecados y no permiten que Dios
nos dé de su Gracia, pues lejos de arrepentirnos, queremos defender todas las
abominaciones que cometemos. 15 ¡Oh, amado Señor Jesucristo, celebra Tú mismo
un concilio y rescata a los tuyos mediante tu retorno glorioso! Con el Papa y
los suyos todo está perdido. A Ti no te quieren. Socórrenos a nosotros pobres y
miserables, que elevamos suspiros a Ti y te buscamos sinceramente, según la
Gracia que nos otorgaste por tu Espíritu Santo, el cual, contigo y el Padre
vive y gobierna alabado eternamente. Amén.
PRIMERA PARTE
Concerniente a los altos artículos
de la majestad divina
1º Que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, tres personas
distintas en una sola esencia y naturaleza divinas, son un solo Dios que ha
creado los cielos y la tierra, etc.
2º Que el Padre de nadie es nacido; el Hijo es nacido del Padre; el
Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo.
3º Que el que se hizo hombre no es el Padre, ni el Espíritu Santo,
sino el Hijo.
4º El Hijo se hizo hombre de este modo: Fue concebido por obra del
Espíritu Santo, sin intervención de un hombre, nació de la pura y santa Virgen
María; después padeció; murió y fue sepultado; descendió a los infiernos,
resucitó de entre los muertos; subió a los cielos, está sentado a la diestra de
Dios, de donde vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos, etc.; como lo
enseña el Credo Apostólico, el de Atanasio y el catecismo infantil usual.
Dado que estos artículos no son motivo de discordia ni objeto de
discusión, ya que nuestros adversarios y nosotros los creemos y confesamos,21
es innecesario que nos ocupemos ahora más extensamente en ellos.
SEGUNDA PARTE
Concierne a los artículos
relativos al oficio22
y obra
de Jesucristo o a nuestra redención
ESTE ES EL ARTICULO PRIMERO Y PRINCIPAL
1 Que Jesucristo, nuestro Dios y Señor "fue entregado por nuestras
transgresiones y resucitado para nuestra justificación" (Ro. 4:25). 2 Sólo Él
es "el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo" (Jn. 1:29), y "Jehová
cargó en Él el pecado de todos nosotros" (Is. 53:6). 3 De la misma forma,
"todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados
gratuitamente por Su Gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús" (Ro.
3:23-25).
4 Ya que esto es menester creerlo, sin que sea posible alcanzarlo o
comprenderlo por medio de obras, leyes o méritos, es claro y seguro que sólo
tal fe nos justifica como dice San Pablo en Romanos 3:28: "Concluimos, pues,
que el hombre es justificado por fe, sin las obras de la Ley". Igualmente: "A
fin de que Él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe en Jesús"
(Ro. 3:26).
5 Apartarse de este artículo o hacer concesiones no es posible,
aunque se hundan el cielo y la tierra y todo cuanto es perecedero. Pues, "No
hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos"
(Hch. 4:12), dice San Pablo. "Y por su llaga fuimos nosotros curados" (Is.
53:5). Sobre este artículo reposa todo lo que enseñamos y vivimos, en oposición
al Papa, al diablo y al mundo. Por eso, debemos estar muy seguros de él y no
dudar; de lo contrario, está todo perdido y el Papa y el diablo y todos
nuestros adversarios obtendrán contra nosotros la victoria y la razón.
ARTICULO SEGUNDO
1 Que la misa debe ser considerada la mayor y más horrible
abominación del papado, pues ella se opone directa y violentamente a este
artículo principal y es de todas las idolatrías papistas la mayor y la más
bella pues se admite que el sacrificio o la obra que es la misa (aun celebrada
por perversos indignos23) libra24 al hombre de los
pecados, tanto aquí en la vida como en el purgatorio, lo cual no puede ni debe
hacer sino el Cordero de Dios únicamente, como se ha dicho anteriormente.
Respecto a este artículo no hay que apartarse ni hacer concesiones, ya que el
primer artículo no lo permite.
2 Si hubiera papistas razonables, se podría hablar con ellos de
la siguiente manera en forma amistosa: ¿Por qué se aferran tanto a la misa? No
es sino una invención humana no ordenada por Dios y todas las invenciones
humanas las podemos abandonar, como Cristo dice en Mateo 15: "En vano me
honran, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres" (Mt. 15:9).
3 En segundo término la misa es una cosa innecesaria, de la cual
se puede prescindir sin pecado y peligro.
4 En tercer término, el sacramento
se puede recibir de modo mucho mejor y saludable, según la institución de
Cristo, y más aún, este es el único modo saludable.25 En efecto,
¿por qué querer arrojar al mundo a la extrema miseria por causa de una cosa
innecesaria e inventada siendo que hay una manera mejor y más salutífera de
obtenerlo?.
5 Que se predique a la gente públicamente que la misa, como cosa
humana, se puede abandonar sin pecado y que no puede ser condenado el que no la
respete; podrá ser salvo sin la misa de una manera mejor. ¿No decaería entonces
la misa por sí misma, no sólo entre el populacho loco, sino también entre todos
los piadosos, cristianos razonables, temerosos de Dios? Mucho más debería
ocurrir cuando escucharan que la misa es una cosa peligrosa, imaginada e
inventada sin la Palabra y la voluntad de Dios.
6 En cuarto lugar, ya que han surgido en todo el mundo tales
incontables e indecibles abusos con la compra y venta de misas, se tendría
razón en abandonarla solamente para evitar tales abusos, aun cuando tuviese en
sí misma algo de útil y bueno. ¡Cuánto más debería abandonársele para prevenir
abusos para siempre, ya que ella es completamente innecesaria, inútil y
peligrosa, en circunstancias que se puede obtener todo de una manera más
necesaria, más útil y más cierta sin la misa.
7 En quinto lugar, dado que la misa no es ni puede ser otra cosa
(como el Canon26 y todos los libros27 dicen)
que una obra de los hombres (celebrada también por perversos indignos), una
obra por la cual uno mismo, el hombre que la celebra, puede obtener por sí
mismo y por otros reconciliación con Dios, adquirir y merecer el perdón de los
pecados y la Gracia (así es, en efecto, cuando se celebra de la mejor manera;
De lo contrario: ¿Qué sería entonces?), se debe y es menester condenarla y
reprobarla, pues esto está directamente contra el artículo principal que afirma
que el que lleva nuestros pecados no es un oficiante de misa28 con su
obra, sino el Cordero de Dios y el Hijo de Dios (Jn. 1:29).
8 Si alguien para justificar su proceder quisiera pretextar que
para su propia edificación29 se da la comunión a sí mismo, éste no
habla en serio, pues si quiere comulgar con seriedad, lo encontrará seguramente
y de la mejor manera en el sacramento
administrado según la institución de Cristo. Pero darse la comunión a sí mismo
es incierto e innecesario y además prohibido. El que actúa así no sabe lo que
hace, porque sigue a falsas ilusiones e invenciones humanas sin la Palabra de
Dios. 9 Tampoco es justo (aunque todo lo demás estuviese en orden) que un
hombre quiera usar del sacramento común de la iglesia según su necesidad
religiosa30 y con ello hacer un juego a su gusto
sin la Palabra de Dios y al margen de la comunidad con la iglesia.
10 Este artículo de la misa será el punto decisivo en el concilio.
En efecto, aunque fuere posible que nos hicieran concesiones en todos los otros
artículos, no pueden en este hacernos concesiones, como dijo Campegio en
Augsburgo31: se dejaría hacer pedazos antes que
abandonar la misa.32 También yo prefiero, con ayuda de Dios,
ser reducido a cenizas antes que permitir que un oficiante de misa, malo o
bueno, y su obra sean iguales y mayores que mi Señor y Salvador Jesucristo. Por
consiguiente, estamos y permanecemos eternamente divididos y opuestos. Bien lo
sienten ellos: Si la misa cae, el papado sucumbe también.33 Antes
que dejen que ocurra esto, nos matan a todos si tuviesen la posibilidad.
11 Además de todo lo indicado, esa cola de dragón, la misa, ha
engendrado muchos parásitos y ponzoñas de idolatrías de diversa clase.
12 En primer lugar: El purgatorio34. Misas para los difuntos35,
vigilias, servicios fúnebres celebrados el séptimo día, el trigésimo, al cabo
de un año36, la semana común,37 el día
de todos los muertos38 y el baño de las almas:39 todo
esto se ha relacionado con el purgatorio, de modo que la misa se usa casi
exclusivamente para los muertos, mientras Cristo instituyó el sacramento sólo para los vivos. Por eso
hay que considerar el purgatorio con todas sus ceremonias, cultos y
maquinaciones como un puro fantasma diabólico, pues nuevamente está contra el
artículo principal, según el cual sólo Cristo y no las obras del hombre pueden
ayudar a las almas. Además, nada se nos ha mandado u ordenado en relación con
los muertos; por ello, se haría bien si se dejase de lado todo esto, aun cuando
no fuera error o idolatría.
13 Los papistas citan aquí a San Agustín y a ciertos padres40
que habrían escrito sobre el purgatorio y piensan que no vemos para qué y con
qué intención ellos mencionan estas citas. San Agustín no dice que existe un
purgatorio,41 ni tiene pasajes bíblicos que lo
obliguen a aceptarlo, sino que deja sin definir si existe o no. Dice que su
madre ha deseado que se le recordase en el altar o en el sacramento. Todas
estas no han sido sino expresiones de devoción humana por parte de algunas
personas que no instituyen artículos de fe, lo cual sólo le corresponde a Dios.
14 Pero nuestros papistas utilizan tales palabras humanas para que se deba
creer en su vergonzoso, sacrílego, maldito mercado de misas que se ofrecen por
los muertos, cuyas almas están en el purgatorio, etc. Están lejos de probar
tales cosas por San Agustín. Cuando hayan abolido el mercado de misas por las
almas del purgatorio –sobre lo cual nunca soñó San Agustín- entonces podremos
hablar con ellos sobre si las palabras de San Agustín sin la Escritura son
aceptables y si los muertos deben ser conmemorados en el Sacramento. 15 No es
válido que de las obras o palabras de los santos padres se hagan artículos de
fe; de lo contrario, tendrían también que hacerse artículo de fe los alimentos,
los vestidos, las casas, etc., que ellos tuvieron, como se ha hecho con las
reliquias. Está escrito42 que la Palabra de Dios debe establecer
artículos de fe y nadie más, ni siquiera un ángel.
16 En segundo término, es una consecuencia que los malos espíritus
han realizado la perversidad de haber aparecido como almas humanas43
y exigido con mentiras indecibles y malignidad, misas, vigilias,
peregrinaciones, 17 y otras limosnas que todos hemos estado obligados a aceptar
como artículos de fe y a vivir de acuerdo con ellas. Tales cosas las ha
confirmado el Papa, como también la misa y todas las otras abominaciones.
En este punto tampoco es posible ceder o hacer concesiones.
18 En tercer lugar: las peregrinaciones. Aquí también se ha
buscado misas, perdón de los pecados y Gracia de Dios, pues la misa lo ha
gobernado todo. Es indudable que tales peregrinaciones, sin la Palabra de Dios44
no nos han sido mandadas, y tampoco son necesarias, porque podremos obtener la
Gracia de Dios de una manera mejor, y nos podemos dispensar de ellas sin pecado
ni peligro. ¿Por qué razón se echa a un lado a la propia parroquia, la Palabra
de Dios, la mujer y los hijos, etc., que son necesarios y mandados por Dios,
por ir detrás de manejos diabólicos innecesarios, inciertos, perjudiciales,
solamente porque el diablo haya convencido al Papa de que los ensalce y confirme,
para que la gente se aparte más y más de Cristo y confíe en sus propias obras y
se vuelva idólatra, lo que es peor?. 19 Pero, fuera de ser cosas innecesarias,
no mandadas, ni aconsejadas e inciertas, son además perjudiciales. 20 Por eso,
en este punto no es tampoco posible ceder o hacer concesiones. ¡Que se predique
diciendo que las peregrinaciones son cosas innecesarias, y además peligrosas, y
luego veremos dónde quedan!.
21 En cuarto lugar, las cofradías. Aquí los conventos, los
capítulos y los vicarios45 se han comprometido por escrito (según
un contrato justo y honrado) a compartir todas las misas, buenas obras, etc.,
tanto por los vivos como por los muertos. Esto no es solamente una pura
invención humana, sin la Palabra de Dios, totalmente inútil y no mandada, sino
también en contra del artículo primero, sobre la redención. Por ello, no
podemos de ningún modo tolerarlo.
22 En quinto lugar, las reliquias. En esto se han inventado tan
diversas mentiras y necedades manifiestas, tales como los huesos de perro y
caballo,46 que por la misma razón de estas
imposturas,47 de las que el diablo se reía, deberían
estar condenadas desde hace mucho tiempo, aunque hubiera algo de bueno en
ellas. Además, sin la Palabra de Dios, no siendo prescriptas ni aconsejadas, son
una cosa enteramente innecesaria e inútil. 23 Pero lo peor es que se les
considera como eficaces para la obtención de indulgencias y el perdón de los
pecados, como si fueran una buena obra o un culto divino, como la misa.
24 En sexto lugar, las queridas indulgencias48 que son
concedidas a los vivos y a los muertos (pero a cambio de dinero). En las tales
ese miserable Judas que es el papa, vende los méritos de Cristo al mismo tiempo
que los méritos superabundantes de todos los santos49 y de la
iglesia entera. Todo esto no podemos tolerarlo. No es solamente sin la Palabra
de Dios, innecesario y no mandado, sino también en contra del primer artículo,
pues los merecimientos de Cristo no son alcanzados mediante nuestras obras o
dinero, sino mediante la fe por la Gracia; son ofrecidos con ausencia de todo
dinero y merecimiento, no por la fuerza del papa, sino mediante la predicación
o la Palabra de Dios.
Sobre la Invocación de los Santos
25 La invocación de los santos es también uno de los abusos
introducidos por el Anticristo, contradice el primer artículo principal y
destruye el conocimiento de Cristo. Tampoco es mandada ni aconsejada, ni hay
ejemplo de ello en la Escritura. Aunque fuese una cosa preciosa, lo que no lo
es, tenemos todo mil veces mejor en Cristo.50
26 Aun cuando los ángeles del cielo, lo mismo que los santos que
están sobre la tierra o quizá también los del cielo interceden por nosotros
(como Cristo mismo lo hizo también), no se deduce por eso que debamos invocar y
adorar a los ángeles, ayunar por ellos, celebrar fiestas y misas, ofrecerles
sacrificios, fundar templos, levantar altares, crear cultos especiales para
ellos y servirles de alguna otra manera más, considerándolos como auxiliares
atribuyéndoles diversa clase de poderes ayudadores,51 a cada
uno un poder especial, como enseñan y hacen los papistas. Tal cosa es
idolatría, pues tal honor sólo le corresponde a Dios. 27 En efecto, en cuanto
cristiano y en cuanto santo viviente sobre a tierra, puedes rogar por mí, no
sólo en una determinada necesidad sino en todas. Pero, por tal motivo, no debo
adorarte, invocarte, celebrar fiestas, ayunar, sacrificar, celebrar misa en tu
honor y poner en ti mi fe para la salvación. Bien te puedo honrar de otras
maneras y amarte y agradecerte en Cristo. 28 Si se suprime tal honor idólatra
de los ángeles y de los santos muertos, entonces, el otro honor no tendrá
efectos perjudiciales e incluso se olvidará pronto. Porque una vez que no hay
esperanza de conseguir ayuda corporal y espiritual [de los santos], se dejará a
los santos en paz, tanto en la tumba como en el cielo. Por mero desinterés o
por amor nadie se acordará mucho de ellos, ni los tendrá en estima ni honrará.
29 En resumen, no podemos consentir y debemos condenar lo que es la
misa, lo que de ella se deduce y lo que de ella depende para que se pueda
conservar el Santo Sacramento en forma pura y segura, según la institución de
Cristo, usado y recibido mediante la fe.
ARTICULO TERCERO
1 Que los capítulos52 y los conventos, fundados antiguamente
con la buena intención de formar hombres instruidos y mujeres honestas, deben
ser nuevamente ordenados a tal uso, a fin de que se pueda tener también
pastores, predicadores y otros servidores de la iglesia, lo mismo que personas
necesarias para el gobierno secular en las ciudades y en los países, también
jóvenes muchachas bien educadas para llegar a ser madres de familia y amas de
casa, etcétera.
2 Si no quieren [los capítulos y conventos] servir a esto, es
mejor dejarlos yacer en ruinas y destruirlos, antes que verlos ser
considerados, con su culto que es una ofensa a Dios y una invención de los
hombres, como superiores al estado común de cristianos, a las funciones y
órdenes53 que Dios ha fundado; porque todo está
nuevamente contra el primero y principal artículo de la redención realizada por
Jesucristo. Además (como toda invención humana), no son mandados, ni
necesarios, ni útiles, más aún, constituyen un fatigoso trabajo, peligroso y
perjudicial y en vano, como dicen los profetas respecto a tales cultos divinos
llamándolos aven, 54 esto es, trabajo fatigoso.
ARTICULO CUARTO
1 Que el Papa no es de iure divino, es decir, en virtud de
la Palabra de Dios,55 la cabeza de toda la cristiandad (porque esto le corresponde
solamente a Jesucristo), sino sólo el obispo o el pastor de la iglesia de [la
ciudad] Roma o de todas aquellas que voluntariamente o por obediencia a una
institución humana (esto es la autoridad secular56) se han
supeditado a él, no bajo él como un señor, sino junto a él, hermanos y colegas,
como cristianos, como lo demuestran los antiguos concilios y los tiempos de San
Cipriano.57 2 No obstante, ningún obispo, ni
siquiera un rey o emperador se atreven a llamar al Papa "hermano", como en
aquellos tiempos, sino que tiene que nombrarlo "muy clementísimo señor". Esto
no lo queremos, no lo debemos y no lo podemos admitir en nuestra conciencia. El
que lo quiera hacer, que lo haga sin nosotros.
3 De aquí se deduce que todo lo que el Papa ha realizado y
emprendido basándose en tal falso, perverso, blasfemo, usurpado poder, no ha
sido ni tampoco hoy día más que cosas y negocios diabólicos (salvo en lo que
concierne al poder secular, donde Dios se sirve de un tirano o de un malvado
para hacer el bien a un pueblo) para perdición de toda la santa iglesia cristiana
(en cuanto de él depende) y para destruir este primer artículo principal de la
redención por Jesucristo.
4 En efecto, todas sus bulas y libros están ahí, en los que
semejante a un león, ruge (como lo representa el ángel del capítulo 12 del
Apocalipsis58) que ningún cristiano puede ser salvo,
si no es obediente y se somete a él en todas las cosas, en lo que quiera, en lo
que diga, en lo que haga.59 Esto equivale a decir: "Aunque creas en
Cristo y tengas todo en él cuanto es necesario para la salvación, será en vano
todo y de nada de ha de valer, sino me consideras como a tu Dios y no te
sometes y me obedeces". Sin embargo es manifiesto que la santa iglesia estuvo
sin Papa por lo menos quinientos años60 y hasta hoy la iglesia griega y muchas
otras iglesias que hablan otros idiomas no han estado nunca ni están bajo el
dominio del Papa. 5 Esto, como se ha dicho a menudo, es una invención humana
que no está basada sobre ningún mandamiento, es innecesaria y vana, pues la
santa iglesia cristiana puede permanecer bien sin tal cabeza e incluso habría
permanecido mejor, si tal cabeza no se le hubiera agregado por el diablo.
Además, el papado no es ninguna cosa útil en la iglesia, ya que no ejerce
ninguna función61 cristiana. 6 Por consiguiente, la
iglesia debe permanecer y subsistir sin el Papa.
7 Pongo el caso de que el Papa renunciase a ser el jefe supremo
por derecho divino o por mandato de Dios y que, en cambio para poder mantener
mejor la unidad de la iglesia contra las sectas y las herejías, se debiese tener
una cabeza, a la cual se atuviesen todos los demás. Tal cabeza sería, entonces,
elegida por los hombres y estaría en la elección y el poder humano modificar o
destruir tal cabeza, como lo ha hecho exactamente en Constanza el concilio con
los papas; destituyeron tres y eligieron un cuarto.62 Pongo
el caso, pues que el Papa y la sede de Roma consintiesen y aceptasen tales
cosas, lo cual es imposible, porque tendría que permitir que se cambiara y
destruyera todo su gobierno y estado con todos sus derechos y libros. En
resumen, no puede hacerlo. Sin embargo, con ello, no se ayudaría en nada a la cristiandad y surgirían más sectas que
antes. 8 En efecto, puesto que no se tendría que estar sometido a una tal
cabeza por orden de Dios, sino por la buena voluntad humana, sería pronto y
fácilmente despreciada y finalmente no podría retener a ningún miembro [bajo su
dominación]. No debería estar en Roma o en otro lugar determinado,63
sino donde y en qué iglesia Dios hubiera dado un hombre tal que fuese
capacitado para ello. ¡Oh, qué estado de complicación y desorden tendría que
surgir!.
9 Por lo tanto, la iglesia nunca puede estar mejor gobernada y
mejor conservada que cuando todos nosotros vivimos bajo una cabeza que es
Cristo, y los obispos, todos iguales en cuanto a su función64 (aunque
desiguales en cuanto a sus dones65) se mantienen unánimes en cuanto a la
doctrina, fe, sacramentos, oraciones y obras del amor, etc. De este modo
escribe San Jerónimo66 que los sacerdotes de Alejandría
gobernaban en conjunto y en común las iglesias, como los apóstoles lo habían
hecho también y después todos los obispos en la cristiandad entera, hasta que
el Papa elevó su cabeza por encima de todos.
10 Este hecho demuestra evidentemente que el Papa es el verdadero
Anticristo,67 que se ha colocado encima de Cristo y
contra Él, puesto que no quiere que los cristianos lleguen a ser salvados sin
su poder, a pesar de que no vale nada, porque no ha sido ordenado ni mandado
por Dios. 11 Esto propiamente, como dice San Pablo, "se opone y se levanta
contra Dios" (2Ts. 2:4). Los turcos y los tártaros no actúan así, aunque sean
muy enemigos de los cristianos; al contrario, dejan creer en Cristo al que
quiera y no exigen de los cristianos sino el tributo y la obediencia
corporales. 12 Pero el papa no
quiere dejar creer [en Cristo], sino que se le debe obedecer para ser salvo.
Eso no lo haremos, antes moriremos en el nombre de Dios. 13 Todo esto viene
porque el papa ha exigido ser
llamado de jure divino jefe de la iglesia cristiana. Por eso se tuvo que
colocar a la par de Cristo y sobre Cristo, y ensalzarse como la cabeza y
después como el señor de la iglesia y finalmente también de todo el mundo y
directamente un Dios terrenal,68 hasta a atreverse a dar órdenes a los
ángeles en el Reino de los Cielos.69
14 Y cuando se establece una distinción entre la doctrina del papa y la Sagrada Escritura o cuando se
les confronta y se les compara, se encuentra que la doctrina del papa en su mejor parte está tomada del
derecho imperial pagano,70 y enseña negocios y juicios mundanos,
como lo atestiguan sus decretales.71 Trata en seguida [la doctrina papal] de
las ceremonias eclesiásticas, de las vestiduras, de los alimentos, de las
personas y similares juegos pueriles, obras carnavalescas y necias, sin medida
alguna, pero, en todas estas cosas, nada de Cristo, de la fe y de los
mandamientos de Dios.
Al fin y al cabo nadie sino el mismo diablo es quien con
engaño de las misas, el purgatorio, la vida conventual, realiza su propia obra
y su propio culto (lo que es, en efecto, el verdadero papado), sobreponiéndose
y oponiéndose a Dios, condenando, matando, y atormentando a todos los
cristianos que no ensalzan y honran sobre todas las cosas tales horrores suyos.
Por lo tanto, así como no podemos adorar al diablo mismo como un señor o un
dios, tampoco podemos admitir como cabeza o señor en su gobierno a su apóstol,
el Papa o Anticristo. Pues su gobierno papal consiste propiamente en mentiras y
asesinatos, en corromper eternamente las almas y los cuerpos, como ya he demostrado
esto en muchos libros.
15 En estos cuatro capítulos tendrán [los papistas] bastante
materia para condenar en el concilio, ya que no pueden ni quieren concedernos
ni un ápice en los mismos. De esto debemos estar seguros y abrigar la esperanza
de que Cristo, nuestro Señor, haya de atacar a sus adversarios y se impondrá
por medio de su Espíritu como por medio de su venida.72 Amén.
16 En el concilio no estaremos delante del emperador o de una
autoridad secular (como en Augsburgo, donde el emperador73 publicó
un manifiesto tan clemente y con bondad permitió examinar las cosas). Al
contrario, estaremos en presencia del Papa y del diablo mismo, que sin querer
escuchar nada, va a querer sin vacilación alguna condenar, asesinar, y obligar
a la idolatría. Por lo tanto, no besaremos aquí74 sus
pies o diremos: "Sois nuestro clemente señor", sino que igual que en Zacarías
(Zac. 3:2) el ángel dice al diablo: "Jehová te reprenda, oh Satanás".75
TERCERA PARTE
Las partes o artículos que ahora siguen los podremos tratar
con personas instruidas, razonables o entre nosotros mismos, ya que el Papa y
su imperio no los tienen en gran estima, pues conscientia76
no existe entre ellos, sino dinero, honores y poder.
Sobre el Pecado
1 Tenemos que confesar aquí, como San Pablo lo hace en el
capítulo 5 de la Epístola a los Romanos, que el pecado ha entrado al mundo por
un solo hombre, Adán, por cuya desobediencia todos los hombres han llegado a
ser pecadores, sometidos a la muerte y al diablo. Esto es lo que se llama pecado
original o capital.
2 Los frutos de este pecado son las obras malas que están
prohibidas en el Decálogo como la incredulidad, la falsa fe, la idolatría,
desconfianza frente a Dios, falta de temor a Dios, presunción, desesperación,
ceguedad y en resumen: No conocer o despreciar a Dios. Después viene el mentir,
el jurar por el nombre de Dios, no orar, no invocar, despreciar la Palabra de
Dios, la desobediencia a los padres, el asesinar, la impudicia, el robar, el
engañar, etc.
3 Este pecado original es una corrupción tan profunda y
perniciosa de la naturaleza humana que ninguna razón la puede comprender, sino
que tiene que ser creída basándose en la revelación de la Escritura,77
como consta en el Salmo 50, en el capítulo 5 de la Epístola a los Romanos, en
el capítulo 33 de Éxodo y en el capítulo 3 de Génesis. Por eso, no es más que
error y ceguedad lo que los teólogos escolásticos han enseñado en contra de
este artículo:
4 1º A saber, que después de la Caída original78 de Adán
las fuerzas naturales del hombre quedaron íntegras e incorruptas y que el
hombre, por naturaleza, tiene una razón recta y una buena voluntad, como lo
enseñan los filósofos.79
5 2º Igualmente, que el hombre posee una voluntad libre para
hacer el bien y para abstenerse del mal y a su vez para abstenerse del bien y
para hacer el mal.
6 3º Del mismo modo que el hombre, por sus fuerzas naturales,
puede cumplir y observar todos los mandamientos de Dios.
7 4º De la misma manera que puede, por sus fuerzas naturales, amar
a Dios por encima de todas las cosas y a su prójimo como a sí mismo.
8 5º Igualmente, que si el hombre hace todo lo que le es posible,
Dios le otorga con toda certeza su Gracia.
9 6º Del mismo modo, que para participar del Sacramento no es
necesario que el hombre tenga una buena intención de hacer el bien, sino que
basta que no tenga una mala intención de cometer un pecado. Hasta tal punto es
buena la naturaleza humana y eficaz el Sacramento.
10 7º Que no está basado en la Escritura que [para hacer] buenas
obras es necesario el Espíritu Santo con sus dones.
11 Esas y otras afirmaciones semejantes han sido la consecuencia de
la incomprensión y de la ignorancia, tanto respecto del pecado como de Cristo
nuestro Salvador. Son verdaderas doctrinas paganas que no podemos admitir. En
efecto, si esta doctrina debe ser considerada correcta, entonces ha muerto en
vano Cristo, porque no hay en el hombre ni daño ni pecado, por los cuales Él
habría tenido que morir, o habría muerto solamente por [nuestro] cuerpo, pero
no por el alma, ya que el alma estaría sana y sólo el cuerpo sometido a la
muerte.
Sobre la Ley
1 Aquí consideramos que la Ley ha sido dada por Dios, en primer
término, para colocar un freno al pecado con amenazas y por el temor al castigo
y con promesas y ofrecimiento de otorgarnos su Gracia y todo bien. Pero, a
causa de la maldad que el pecado ha causado en el hombre, todo esto ha quedado
malogrado. 2 Algunos han llegado a ser peores y enemigos de la Ley, porque les
prohíbe lo que quisieran hacer con gusto y les manda lo que les disgusta hacer.
Por eso, en la medida en que el castigo no lo impida, cometen trasgresión de la
Ley, más aún que antes. Tales son las personas groseras y malvadas que hacen el
mal cuando tiene ocasión y lugar.
3 Otros llegan a ser ciegos y presuntuosos; piensan que observan
la Ley y que la pueden observar por sus propias fuerzas, como antes se ha dicho
respecto a los teólogos escolásticos. De aquí provienen los hipócritas y falsos
santos.
4 La función80 principal o virtud81 de la
Ley es revelar el pecado original con los frutos y todo lo demás y mostrar al
hombre cuán profunda y abismalmente a caído y está corrompida su naturaleza.
Pues la Ley le debe decir que no tiene a Dios ni lo venera, o que adora a
dioses extraños, lo cual antes y sin Ley no habría creído. Con ello el hombre
se espanta, es humillado, se siente fracasado, desesperado; quisiera ser
socorrido y no sabe dónde refugiarse; comienza a ser enemigo de Dios y a
murmurar, etc. 5 Es lo que dice en el II capítulo de la Epístola a los Romanos:
"La Ley excita la cólera",82 y en el capítulo 5 de la misma: "El
pecado se abunda por la Ley" (Ro. 5:20).
Sobre el Arrepentimiento 83
1 Esta función84 de la Ley la mantiene y la practica el
Nuevo Testamento. Es lo que hace Pablo cuando dice en el capítulo 1 de Romanos:
"La ira de Dios se revela desde el cielo contra los hombres" (Ro. 1:18);
igualmente en el capítulo 3. El mundo entero es culpable ante Dios y ningún
hombre es justo ante Él (Ro. 3:19 y 20); Cristo mismo dice en el capítulo 16 de
Juan que el Espíritu Santo convencerá al mundo de pecado (Jn. 16:8).
2 Esto es el rayo de Dios con el cual destruye en conjunto tanto a
los pecadores manifiestos como a los falsos santos; a nadie deja ser justo, les
infunde a todos el horror y la desesperación. Es el martillo (como dice
Jeremías): "Mi palabra es como martillo que quebranta la piedra") (Jer. 23:29).
Esto no es una activa contritio, una contrición que sería obra del
hombre sino una pasiva contritio, el sincero dolor del corazón, el
sufrimiento y el sentir la muerte.
3 Y es así como comienza el verdadero arrepentimiento, debiendo
el hombre escuchar la siguiente sentencia: "Vosotros todos nada valéis;
vosotros, ya seáis pecadores manifiestos o santos, debéis llegar a ser otros de
lo que sois ahora, y obrar de manera distinta que ahora. Quienes y cuan grandes
seáis, sabios, poderosos y santos, y todo cuanto queráis, aquí no hay nadie
justo, etcétera".85
4 A esta función86 el Nuevo Testamento agrega
inmediatamente la consoladora promesa de la Gracia, promesa dada por el
Evangelio y en la cual hay que creer. Como Cristo dice en el capítulo 1 de
Marcos: "Arrepentios y creed en el Evangelio" (Mr. 1:15). Esto es, haceos otros
y obrad de otra manera y creed mi promesa. 5 Y antes que él, Juan es llamado un
predicador del arrepentimiento, pero para la remisión de los pecados. Esto es,
[su misión] consistía en castigar a todos los hombres y presentarlos87
como pecadores, para que supiesen lo que eran ante Dios y se reconociesen como
hombres perdidos y para que entonces estuviesen preparados para el Señor a
recibir la Gracia, esperar y aceptar el perdón de los pecados. 6 Cristo mismo
lo dice en el último capítulo de Lucas: "Es necesario que se predicase en su
nombre el arrepentimiento y el perdón de pecado en todas las naciones" (Lc.
24:47).
7 Sin embargo, cuando la Ley ejerce tal función sola, sin el
apoyo del Evangelio, es la muerte, el infierno, y el hombre debe caer en
desesperación, como Saúl y Judas,88 según dice San Pablo: "Porque sin la
Ley el pecado está muerto" (Ro. 7:10). 8 A su vez el Evangelio no da una sola
clase de consuelo y perdón, sino que por la Palabra, por los Sacramentos y por
otros medios semejantes, como lo explicaremos, de modo que la redención sea tan
abundante en Dios (como lo dice el Salmo 12989) frente a la gran
cautividad de los pecados.
9 Pero, ahora es necesario que comparemos el arrepentimiento
verdadero con el arrepentimiento falso de los sofistas,90 de
manera que ambos sean entendidos mejor.
Sobre el Falso Arrepentimiento de los Papistas
10 Ha sido imposible para los papistas enseñar correctamente acerca
del arrepentimiento, ya que desconocen los verdaderos pecados. En efecto, como
lo hemos dicho antes, captan mal el pecado original; por lo contrario, dicen
que las fuerzas naturales del hombre han permanecido enteras e incorruptas; que
la razón puede enseñar correctamente y la voluntad cumplir correctamente lo que
dicta la razón; que Dios da con toda certeza al hombre la Gracia cuando hace
todo lo que le es posible según su libre voluntad.
11 De esto necesariamente tenía que seguir que no se arrepentían
sino solamente de los pecados actuales, como los malos pensamientos a los
cuales la voluntad del hombre no se había resistido (pues los malos afectos,91
placeres, los deseos impuros, las malsanas excitaciones no eran considerados
pecados), malas palabras, malas obras, cosas todas de las cuales podría haberse
abstenido la libre voluntad.
12 En este arrepentimiento distinguían tres partes: Contrición,
confesión y satisfacción,92 agregando este consuelo y esta promesa;
Si el hombre siente una contrición verdadera, se confiesa y da satisfacción,
entonces ha merecido con ello el perdón y ha pagado sus pecados ante Dios.
Conducían de esta forma a los penitentes a confiar en sus propias obras. 13 De
aquí viene la fórmula que se pronunciaba desde el púlpito en la confesión
general al pueblo: "Oh, Dios, prolonga mi vida hasta que yo haya hecho
penitencia por mis pecados y haya mejorado mi vida".93
14 Aquí no había mención alguna de Cristo o de la fe; por lo
contrario, se esperaba por medio de las propias obras vencer los pecados y
borrarlos ante Dios. También nosotros hemos llegado a ser sacerdotes y monjes,
porque queríamos luchar nosotros mismos contra el pecado.
15 Con la contrición sucedía lo siguiente: Como ningún hombre
podía acordarse de todos sus pecados (en particular los cometidos durante un
año entero94), encontraron entonces la siguiente
escapatoria: al venir a la memoria los pecados olvidados, era preciso sentir
contrición también de ellos, y confesarlos, etc.; mientras tanto estaban
encomendados a la gracia divina.
16 Además, como nadie sabía cuán grande debía ser la contrición,
para que fuese satisfactoria ante Dios. daban el siguiente consuelo: El que no
podía tener la contrición, debía tener atrición, o sea, lo que yo podría llamar
una contrición a medias o el comienzo de una contrición, pues ellos mismos no
han comprendido, ni saben lo que significan ambas cosas, lo mismo que yo. Tal attritio
era contada como contritio en la confesión.
17 Si ocurría que alguien afirmaba que no podía sentir contrición
o pesar por sus pecados –lo que podía acontecer en trato amoroso con rameras o
afán de venganza, etc.- se le preguntaba si acaso no deseaba o quisiera
gustosamente sentir contrición. Si respondía sí (en efecto, ¿quién sino el
diablo diría no?), consideraban esto entonces como contrición y le perdonaban
los pecados en razón de esta su buena obra. Aquí citaban como ejemplo a San
Bernardo, etcétera.95
18 Aquí se ve que la ciega razón anda a tientas en las cosas de
Dios y busca consuelo en sus propias obras, según su antojo, sin que pueda
pensar en Cristo o en la fe. Si se examina esto a la luz del día, tal
contrición es una idea fabricada e inventada por las propias fuerzas, sin fe y
sin conocimiento de Cristo. En ello, a veces, el pobre pecador, si hubiera
pensado en su placer o venganza, habría preferido reír que llorar, con
excepción de los que han sido tocados en lo más íntimo por la Ley o
atormentados en vano por el diablo con un espíritu de tristeza. De lo
contrario, con certeza, tal contrición ha sido pura hipocresía y no ha matado
el deseo de pecado. En efecto, tuvieron que sentir contrición cuando habrían
preferido pecar si hubiesen tenido la libertad.
19 En relación con la confesión las cosas estaban del modo
siguiente: Cada cual debía relatar todos sus pecados (cosa completamente
imposible), lo que era un gran tormento. Sin embargo, los que había olvidado le
eran perdonados bajo la condición de que los confesara cuando los recordase.
No podía saber jamás si se había confesado con bastante
pureza o cuando alguna vez debería tener un fin la confesión. No obstante, era
remitido a sus obras y se le decía que cuanto con mayor pureza se confiese un
hombre y cuanto más se avergüence y humille ante el sacerdote, tanto más pronto
y mejor satisfará por sus pecados, pues tal humildad adquirirá con certeza la
Gracia de parte de Dios.96
20 Aquí no había tampoco ni fe ni Cristo y no se le anunciaba la
virtud de la absolución,97 sino que su consuelo consistía en
recuentos de pecados y avergonzarse. Pero no es aquí el lugar de relatar
cuántas torturas, canalladas e idolatrías ha producido tal clase de confesión.
21 La satisfacción es cosa aún más compleja, pues ningún hombre podía saber
cuánto debía hacer por un solo pecado y mucho menos por todos. Imaginaron
entonces un recurso, es decir, imponían escasas satisfacciones que se podían
cumplir fácilmente, como cinco padrenuestros, un día de ayuno, etcétera. El
resto del arrepentimiento lo remitían al purgatorio.
22 Aquí no había tampoco sino miseria y aflicción. Algunos
pensaban que nunca saldrían del purgatorio, porque de acuerdo con los antiguos
cánones a un pecado mortal se le adjudicaban siete años de penitencia.98
23 También aquí se depositaba la confianza en nuestras obras de la satisfacción
y si la satisfacción hubiera podido ser perfecta, entonces la confianza se
habría posado totalmente sobre ella y ni la fe ni Cristo habrían sido útiles;
pero tal satisfacción perfecta era imposible. Aun cuando alguien hubiese
practicado tal clase de arrepentimiento durante cien años, no obstante, no
habría sabido cuándo habría llegado a un arrepentimiento completo. Esto
significaba arrepentirse constantemente y nunca llegar al verdadero
arrepentimiento.
24 Entonces vino a ayudar aquí la santa sede de Roma a la pobre
iglesia e inventó las indulgencias, por las cuales perdonaba y suprimía la
satisfacción, primero por siete años en casos particulares, después por cien
años, etc.; y las repartía entre los cardenales y los obispos, de manera que
uno podía dar cien años, otro cien días de indulgencia. Sin embargo, la
supresión de toda la satisfacción la santa sede la reservaba para ella misma.99
25 Dado que tal cosa comenzó a ser fuente de dinero y el mercado
de bulas era bueno, la santa sede inventó "el año áureo"100 y lo
radicó en Roma. Esto significaba perdón de todos los tormentos y culpas.101
Entonces acudió a la gente, pues cada uno quería verse librado de la tan pesada
e insoportable carga. Esto significaba descubrir y poner a la luz los tesoros
de la tierra.102 En seguida se apresuró el Papa a
establecer muchos años áureos.103 Pero cuanto más dinero engullía tanto
más se le ensanchaba su gaznate. Por eso envió sus legados con estos años
áureos a los países, hasta que cada iglesia y cada casa estuvieron llenas de
años de oro.104 26 Finalmente irrumpió hasta en el
purgatorio, entre los muertos, primero con fundaciones de misas y de vigilias,
después con su indulgencia105 con bulas y con su jubileo y por fin
las almas bajaron tanto de precio que liberaba a una por un céntimo.106
27 Aquí vemos que el falso arrepentimiento comenzó con pura
hipocresía y que terminó con tan gran bajeza y maldad. Sin embargo, todo esto
no sirvió de nada, pues aunque el Papa enseñaba a la gente a depositar su
confianza en tales indulgencias, por otra parte él mismo las tornaba inciertas,
ya que decía en sus bulas: "Quien quiera tener parte en las indulgencias o en
los años de oro, deberá sentir contrición, confesarse y dar su dinero".107
Ya hemos escuchado arriba que tal contrición y confesión son inciertas entre
ellas e hipocresía. Asimismo nadie sabía qué alma estaría en el purgatorio y si
había alguna, ¿Quién sabía cuál había sentido contrición y se había confesado
correctamente? Entonces tomaba el papa el dinero y remitía consoladoramente a
las almas al poder e indulgencias papales, y sin embargo, las encomendaba a las
obras inciertas hechas por las almas mismas. Esto significaba la justa
recompensa para el mundo por su falta de gratitud frente a Dios.
28 Sin embargo, había algunos hombres que no se creían culpables
de tales pecados reales con pensamientos, palabras y obras, como yo y mis
compañeros que en los conventos y fundaciones queríamos ser monjes y frailes y
que con ayuno, vigilias, oraciones, celebraciones de misas, llevando
vestimentas burdas y yaciendo sobre lechos duros, etc., luchábamos contra tales
malos pensamientos y con seriedad y tenacidad queríamos ser santos y, sin
embargo, el mal hereditario e innato se manifestaba en el sueño (como San
Agustín y Jerónimo y otros más lo confiesan), lo que es propio de la naturaleza
del mal. De esta forma cada uno de entre nosotros, no obstante, decía,
considerando al vecino, que algunos eran tan santos como nosotros lo
enseñábamos, los cuales eran sin pecados y llenos de buenas obras, de modo que
podíamos ceder y vender a otros nuestras obras, para nosotros superabundantes,
para llegar al cielo. Esto es la pura verdad. Existen sellos, cartas y ejemplos
al respecto.
29 Estos hombres no tenían necesidad del arrepentimiento. ¿De qué,
en efecto, tendrían que sentir contrición, puesto que su voluntad no había
aprobado sus malos pensamientos? ¿Qué tendrían que confesar, puesto que habían
evitado las malas palabras? ¿Por qué tendrían que dar satisfacción si no habían
cometido malas acciones, hasta el punto que podían vender su justicia
superabundante a otros pobres pecadores? Los escribas y fariseos del tiempo de
Cristo eran también santos de esta clase.
30 Aquí viene el ángel de fuego (Apo. 10:1), mencionado por San
Juan, el predicador del verdadero arrepentimiento y con un solo golpe de trueno
los destruye a todos en masa,108 diciendo: "Arrepentios" (Mt. 3:2).
Algunos piensan: "Nosotros ya nos hemos arrepentido". 31 Otros opinan:
"Nosotros no necesitamos arrepentirnos". 32 Juan afirma: "Arrepentios los unos
como los otros; pues vuestro arrepentimiento es falso y la santidad de éstos
también es falsa; necesitáis los unos como los otros perdón de los pecados, ya que
ni unos ni otros sabéis lo que es realmente pecado y mucho menos que debéis
arrepentiros del pecado o evitarlo. Ninguno de vosotros es bueno; estáis llenos
de incredulidad; no comprendéis ni conocéis a Dios ni a su voluntad. Porque
aquí está presente aquél de cuya plenitud debemos recibir todos gracia sobre
gracia (Jn. 1:16) y ningún hombre puede ser justo ante Dios sin Él. Por eso, si
queréis arrepentiros, hacedlo en forma correcta. Vuestro modo de arrepentirse
de nada sirve. Y vosotros, hipócritas, que no requerís arrepentimiento, raza de
víboras (Mt. 3:7), ¿quién os ha asegurado que escaparéis a la ira venidera?".
33 Del mismo modo predica San Pablo en el tercer capítulo de la
Epístola a los Romanos (3:10-12) y afirma: "No hay ninguno que entienda, ningún
justo; no hay ninguno que respete a Dios, ninguno que haga el bien, ni siquiera
uno solo; todos son incapaces y renegados". 34 También se lee en los Hechos de
los Apóstoles: "Dios ordena a todos los hombres en todos los lugares que se
arrepientan" (Hch. 17:30). "Todos los hombres" (dice él); no exceptúa a ningún
ser humano. 35 Ese arrepentimiento nos enseña a conocer el pecado, es decir,
que estamos perdidos, de modo que ni nuestra piel ni nuestros cabellos son
buenos y que debemos ser enteramente renovados y llegar a ser hombres
distintos.
36 Este arrepentimiento no es parcial109 y
miserable como aquél que no expía sino los pecados actuales, y tampoco es
incierto como aquél, pues no disputa lo que es pecado o no, sino que al
contrario no hace diferencia y dice: En nosotros todo no es sino puro pecado.
¿Para qué buscar, dividir o distinguir tanto?. Por eso, la contrición no es
tampoco aquí incierta, pues no queda nada con que pudiéramos inventar algo
bueno para pagar los pecados, sino que únicamente permanece con certeza un
despertar en todo lo que somos, pensamos, hablamos o hacemos, etcétera.
37 Asimismo la confesión no puede ser falsa, incierta o parcial,
pues quien confiesa que todo en él no es más que puro pecado, incluye con ello
a todos los pecados, no omite ni olvida alguno. 38 Tampoco la satisfacción
puede ser incierta, pues no es nuestra obra incierta y pecaminosa, sino el
sufrimiento y la sangre del inocente "Cordero de Dios", que quita los pecados
del mundo" (Jn. 1:29).
39 Acerca de este arrepentimiento predica Juan y después de él
Cristo en el Evangelio y nosotros también. Con este arrepentimiento echamos por
tierra al Papa y todo lo que está construido sobre nuestras buenas obras; pues
todo está realizado sobre una base podrida y falsa, lo que se llama buenas
obras o Ley, mientras que no existe obra buena alguna, sino únicamente obras
malas. Nadie cumple la Ley, sino que todos la infringen (como Cristo lo dice en
Juan 7:19). Por eso, el edificio no es más que puras mentiras e hipocresías falsas,
incluso donde se presenta como lo más santo y bello.
40 Y este arrepentimiento perdura entre los cristianos hasta la
muerte, pues lucha con los restantes pecados en la carne durante toda la vida,
como San Pablo lo atestigua en Romanos 7:23; 8:2, que él lucha contra la Ley de
sus miembros, etc., y esto no mediante propias fuerzas sino mediante el don del
Espíritu Santo, don que sigue a la remisión de los pecados. Este mismo don nos
purifica y nos limpia diariamente de los restantes pecados y procura hacer
rectamente puro y santo al hombre.
41 De estas cosas nada sabe el Papa, los teólogos, los juristas ni
hombre alguno; es una doctrina que viene del cielo, revelada por el Evangelio y
que es considerada herejía por los santos impíos.
42 Por otra parte, es posible que vinieran ciertos sectarios110
–existen quizás algunos por ahí y en el tiempo de la sedición los tuve
presentes ante mi propia vista111- estimando que todos los que un día
han recibido el Espíritu o la remisión de los pecados o que han llegado a ser
creyentes, permanecen, sin embargo, en la fe, aun cuando después hayan caído en
pecado, y sostienen que no les perjudica tal pecado. Éstos gritan así: "Haz lo
que quieras; si crees, todo el resto no es nada; la fe borra todos los
pecados", etcétera. Agregan que si alguien peca después de haber recibido la fe
y el Espíritu, entonces nunca ha recibido en verdad el Espíritu y la fe. Me he
encontrado mucho con tales hombres insensatos y temo que aún habite entre
alguno de ellos un diablo semejante.
43 Por eso es necesario saber y enseñar que si las personas
santas, fuera de que tienen y sienten el pecado original, luchando y haciendo
arrepentimiento diario por ello, caen en pecados manifiestos, como David en
adulterio, asesinato y blasfemia, esto significa que la fe y el Espíritu Santo
estuvieron ausentes. 44 Pues el Espíritu Santo no deja gobernar ni prevalecer
al pecado hasta tal punto de que se concrete, sino que reprime y opone
resistencia, de modo que no puede hacer lo que quiere. Si hace, no obstante, lo
que quiere, entonces el Espíritu Santo y la fe no están presentes. 45 Porque se
dice, como San Juan: "Quien ha nacido de Dios, no peca ni puede pecar" (1Jn.
3:9; 5:18). Y es también efectivamente la verdad (como el mismo San Juan
escribe): "Si decimos que no tenemos pecados, entonces mentimos y la verdad de
Dios no está en nosotros" (1Jn. 1:18).
Sobre el Evangelio
Volvamos
a tratar del Evangelio que nos ofrece consejo y ayuda no sólo de una manera
única contra el pecado, pues Dios es superabundante en dar su Gracia. Primero,
por la Palabra oral, en la cual es predicada la remisión de los pecados en todo
el mundo, lo cual constituye el oficio propio del Evangelio. En segundo
término, mediante el Bautismo. En tercer lugar, por medio del Santo Sacramento
del Altar. En cuarto, por medio del poder de las Llaves y también por medio de
la conversación y consolación mutua entre los hermanos, según lo que se lee en
el capítulo 18 de Mateo: "Donde dos estuviesen reunidos", etcétera. (Mt.
18:20).
Sobre el Bautismo
1 El Bautismo no es otra cosa que la Palabra de Dios en el agua,
ordenado por su institución o, como dice Pablo: Lavacrum in verbo.112
o, 2 como dice también Agustín: Accedat verbum ad elementum et fit
sacramentum.113 Por eso no estamos de acuerdo con
Tomás114 y los monjes predicadores115
que olvidan la Palabra (la institución divina) y dicen que Dios ha colocado un
poder espiritual en el agua que lava el pecado mediante el agua. 3 Tampoco
estamos de acuerdo con Escoto,116 y los monjes descalzos117
que enseñan que el Bautismo lava el pecado gracias a la asistencia de la
voluntad divina, de manera que este lavado se lleva a efecto sólo por la
voluntad de Dios, en ningún caso por la Palabra o el agua.
Acerca del Bautismo de los Niños
4 Sostenemos que se debe bautizar a los niños, pues ellos
pertenecen también a la redención prometida, cumplida por Cristo,118
y la iglesia debe administrárselo cuando sea solicitado.
Acerca del Sacramento del Altar
1 Sostenemos que el pan y el vino en la Santa Cena es el verdadero
Cuerpo y la verdadera Sangre de Cristo y es administrado y recibido no sólo por
los buenos cristianos sino también por los malos.
2 También sostenemos que no se le debe dar únicamente bajo una
especie; y no tenemos necesidad de una alta ciencia que nos enseñen que bajo
una especie hay tanto como bajo ambas, como afirman los sofistas y el concilio
de Constanza.119 3 Incluso si fuese cierto que bajo una
especie hay tanto como bajo ambas, sin embargo, no constituye el orden completo
y la institución fundados y ordenados por Cristo. 4 Y especialmente condenamos
y maldecimos en el nombre de Dios a aquellos que no solamente prescinden de
ambas especies, sino que también lo prohíben soberanamente, lo condenan, lo
tratan como herejía y se colocan con ello contra y sobre Cristo, nuestro Señor
y Dios, etcétera.
5 En cuanto a la transubstanciación, despreciamos las agudezas de
la sofistería120 que enseñan que el pan y el vino
abandonan o pierden su esencia natural, no quedando sino sólo la forma y el
color del pan y no pan verdadero. Pues lo que está en mejor acuerdo con la
Escritura es que el pan está presente y permanece, como San Pablo mismo lo
designa: "El pan que partimos". De la misma manera: "De este modo como el pan"
(1Co. 10:16; 11:28).
Sobre las Llaves
1 Las Llaves son un oficio y poder conferidos a la iglesia por
Cristo para ligar y desligar los pecados,121 no solamente los
pecados groseros y manifiestos, sino también los sutiles, ocultos, que Dios
solo conoce, como está escrito: "¿Quién sabe cuántos errores comete?" (Sal.
19:12) y Pablo mismo se lamenta en el capítulo séptimo de la Epístola a los
Romanos de que él sirve con la carne a la "ley del pecado" (Ro. 7:23). 2 Pues
no nos corresponde a nosotros, sino sólo a Dios juzgar cuáles, cuán grandes y
cuántos son los pecados, como está escrito: "No entres en juicio con tu
servidor, pues para ti no hay hombre alguno vivo que sea justo" (sal. 143:2). 3 También dice Pablo en el
capítulo cuarto de la Primera Epístola a los Corintios: "Yo no soy consciente
de nada, pero no por eso soy justo" (1Co. 4:4).
Sobre la Confesión
1 Ya que la absolución
o poder de las Llaves, instituido por Cristo en el Evangelio, también
constituye una ayuda y consuelo contra el pecado y la mala conciencia, así la
Confesión o Absolución no debe caer en desuso en la iglesia, especialmente por
las conciencias débiles y también por el pueblo joven e inculto para que sea
examinado e instruido en la doctrina cristiana.
2 La enumeración de los pecados, sin embargo, debe quedar librada
a cada cual, es decir, lo que quiera contar o no. Pues mientras estemos en la
carne, no mentiremos si decimos: "Yo soy un pobre hombre lleno de pecados",
como dice en Romanos 7: "Yo siento otra Ley en mis miembros", etcétera (Ro.
7:23). En efecto, ya que la Absolución Privada tiene en su origen en el Oficio
de las Llaves, no debe despreciársela, sino tenerla en alta estima y valor como
todos los otros oficios de la iglesia cristiana.122 3 Y
en estas cosas que conciernen a la Palabra oral, exterior, hay que mantenerse
firmes en el sentido de que Dios no da a nadie su Gracia o su Espíritu si no es
con o por la Palabra previa y exterior, de modo que estemos prevenidos frente a
los entusiastas, esto es, espíritus fanáticos123 que
se jactan de tener el espíritu
sin y antes de la Palabra y después juzgan, interpretan y entienden la
Escritura o la Palabra externa según su deseo, como lo hizo Münzer y muchos más
lo hacen aún hoy día, los cuales quieren ser jueces severos que distinguen
entre el espíritu y la Letra y no
saben lo que dicen o enseñan. 4 En efecto, el papado es también puro
entusiasmo, en el cual el Papa se gloría de que "todos los derechos están en el
arca de su pecho"124 y lo que él con su iglesia juzga y
ordena, debe ser considerado como espíritu y justo, aunque esté sobre y contra
la Escritura y la Palabra externa. 5 Todo esto es el diablo o la antigua
serpiente que hizo a Adán y Eva entusiastas, que los llevó de la Palabra
externa de Dios a una falsa espiritualidad125 y a opiniones propias.
6 No obstante, lo hizo, también mediante Palabras externas, pero de otra
índole, de la misma forma como nuestros entusiastas condenan la Palabra
externa, pero ellos mismos no callan, sino que llenan el mundo entero de sus
habladurías y escriben, precisamente como si el Espíritu no pudiera venir
mediante la Escritura o la Palabra externa de los apóstoles, sino que debiese
venir mediante los escritos y palabras de ellos. Por este motivo, ¿por qué no
se abstienen tampoco de predicar y escribir, puesto que ellos se jactan de que
el Espíritu ha venido hacia ellos sin la predicación de la Escritura?. Pero no
es el momento de continuar aquí esta discusión; ya hemos tratado
suficientemente de ella.
7 Esos mismos que tienen la fe antes del Bautismo o en el momento
del Bautismo, tienen la fe por la Palabra exterior y previa, como los adultos
que han llegado a la edad de la razón y que deben haber escuchado antes que "el
que creyere y fuere bautizado, será salvo" (Mr. 16:16), no importa que primero
sean incrédulos y que recién después de diez años reciban el Espíritu y el
Bautismo. 8 Cornelio, según se lee en el capítulo 10 de los Hechos de los
Apóstoles, había escuchado mucho antes entre los judíos sobre el Mesías
venidero. En esta fe él fue justo ante Dios y sus oraciones y limosnas
agradables (así como la llama Lucas "justo y temeroso de Dios" (Hch. 10:2 y
22); y sin tal palabra y escuchar previos no habría podido creer ni ser justo.
Sin embargo, tuvo que revelarle San Pedro que el Mesías (en cuya venida futura
él había creído) había llegado entonces y su fe en el Mesías futuro no lo tuvo
cautivo entre los judíos endurecidos e incrédulos; por lo contrario, sabía que
debía ser salvo por el Mesías presente, y no negarlo, ni perseguirlo con los
judíos, etcétera.
9 En resumen: El entusiasmo reside en Adán y sus hijos desde el
comienzo hasta el fin del mundo, infundido en ellos e inyectado como veneno por
el viejo dragón (apo. 12:9) y
constituye el origen, la fuerza y el poder de todas las herejías y también del
papado y del islamismo. 10 Por eso, debemos y tenemos que perseverar con
insistencia en que Dios sólo quiere relacionarse con nosotros los hombres
mediante su Palabra externa y por los Sacramentos únicamente. 11 Todo lo que se
diga jactanciosamente del Espíritu sin tal Palabra y Sacramentos, es del
diablo. En efecto, Dios quiso aparecer a Moisés mediante la zarza ardiente y la
Palabra oral (Ex. 3:2 y 4 y sgtes.) y ningún profeta, ni Elías ni Eliseo
recibieron el Espíritu fuera o sin los diez mandamientos. 12 Y Juan el Bautista
no fue concebido sin la palabra previa de Gabriel (Lc. 1:13-20), ni saltó en el
seno de su madre sin la voz de María (Lc. 1:41-44). 13 Y San Pedro dice: "los
profetas no profetizaron ‘por voluntad humana’ sino por ‘el Espíritu Santo’,
mas como santos hombres de Dios" (2P. 1:21). Ahora bien, sin la Palabra externa
no habrían sido santos y mucho menos los habría impulsado el Espíritu Santo a
hablar cuando aún no eran santos. En efecto, dice el apóstol, eran santos en el
momento en que el Espíritu Santo hablaba a través de ellos.
Sobre la Excomunión
La excomunión mayor,
como el Papa la designa, no la admitimos, la consideramos como mera pena
secular y no nos concierne a nosotros, siervos de la iglesia. Pero, la menor,
esto es, la verdadera excomunión cristiana, consiste en que no se debe permitir
a los pecadores manifiestos y obstinados acercarse al Sacramento o a otra
comunión de la iglesia, hasta que se corrijan y eviten los pecados, y los
predicadores no deben mezclar las penas civiles en este castigo espiritual o
excomunión.126
De la Ordenación y Vocación
1 Si los obispos quisieran ser verdaderos
obispos y tener preocupación por la iglesia y el Evangelio, se podría permitir,
en virtud del amor y de la unión pero no por necesidad, que ordenaran y
confirmaran a nosotros y a nuestros predicadores, dejando, no obstante, todas
las mascaradas y fantasmagorías cuya esencia y pompa no son cristianas. 2 Pero
como no son ni quieren ser verdaderos obispos, sino señores y príncipes
mundanos que ni predican ni enseñan ni bautizan, ni dan la comunión ni quieren
realizar ninguna obra o función127 de la iglesia y, además, persiguen y
condenan a aquellos que cumplen tal función en virtud de su llamado, la iglesia
no debe quedar sin servidores por causa de ellos.
Por eso, como los antiguos ejemplos
de la iglesia y de los Padres nos enseñan, deseamos y estamos obligados
nosotros mismos a ordenar a las personas aptas para tal función.128
Y esto los obispos no tienen que prohibírnoslo, ni impedirlo, ni siquiera de
acuerdo a su propio derecho. Pues su derecho dice que los que son ordenados por
herejes, deben ser considerados como ordenados y permanecer como tales.129
De la misma manera San Jerónimo escribe sobre la iglesia en Alejandría que en
sus primeros tiempos carecía de obispos y que era gobernada por sacerdotes y
predicadores en común.130
Sobre el Matrimonio de los Sacerdotes
1 Cuando han prohibido el matrimonio y han
impuesto la carga de una castidad perpetua al estado divino de los sacerdotes,
no han tenido ni la atribución ni el derecho, sino que han actuado como
perversos anticristianos, tiránicos y desesperados, dando con ellos motivo a
toda clase de pecados horrorosos, 2 espantosos e incontables de impudicia y ahí
se encuentran hundidos aún. Lo mismo que a nosotros como a ellos no nos ha sido
dado poder de cambiar un hombre en mujer o una mujer en hombre o suprimir la
diferencia de sexos, de la misma forma no han tenido poder para separar o
prohibir a tales criaturas de Dios vivir honradamente en el estado matrimonial
entre sí. 3 Por eso no estamos dispuestos a consentir o soportar este su
lamentable celibato, sino a dejar libre el matrimonio, como Dios lo ha ordenado
e instituido y no queremos desgarrar ni obstaculizar su obra. En efecto, San Pablo
dice que es "una doctrina diabólica".131
Sobre la Iglesia
1 No les concedemos que ellos sean la
iglesia y tampoco lo son. 2 Y no queremos oír lo que ellos mandan o prohíben
bajo el nombre de la iglesia. Pues gracias a Dios, un niño de siete años132
sabe qué es la iglesia, es decir, los santos creyentes y "el rebaño que escucha
la voz de su pastor" (Jn. 10:3). 3 En efecto, los niños rezan de este modo: "Yo
creo en una santa iglesia cristiana". Esta santidad no consiste en
sobrepellices, tonsuras, albas y en otras de sus ceremonias que han inventado
sobrepasando por completo la Sagrada Escritura, sino en la Palabra de Dios y en
la verdadera fe.
Cómo se es justificado ante Dios y sobre las
buenas obras
1 Lo que he enseñado hasta ahora y sin
cesar sobre este tema no sabría cómo poder cambiarlo, es decir, que "por la fe"
(como dice San Pedro en Hch. 15:9) recibimos un corazón distinto, nuevo, puro y
que Dios, por causa de Cristo, nuestro mediador, quiere considerarnos y nos
considera completamente justos y santos. Aunque el pecado en la carne no está
totalmente borrado ni ha perecido, sin embargo, Dios no quiere tenerlo en
cuenta ni saber de él.
2 Y tal fe, renovación y perdón de los
pecados tienen como consecuencia las buenas obras y lo que en ellas haya de
pecaminoso e imperfecto, no debe ser contado como pecado o imperfección,
precisamente por causa del mismo Cristo: Por lo contrario, el hombre debe ser
considerado y será en su totalidad, tanto en su persona como en sus obras,
justo y santo por la pura Gracia y Misericordia en Cristo, derramadas y
extendidas abundantemente sobre nosotros. 3 Por eso no nos podemos gloriar de
mucho merecimiento por nuestras obras cuando son consideradas sin la Gracia y
la Misericordia; por lo contrario, como está escrito: "El que se gloría,
gloríese en el Señor" (1Co. 1:31;
2Co. 10:17), esto es, que tiene un Dios misericordioso.133
Entonces, todo saldrá bien. Agreguemos, que si la fe no tiene como consecuencia
buenas obras, es falsa y en ningún caso verdadera.
Sobre los Votos Monásticos
1 Ya que los votos monásticos están en
directa oposición al primer artículo principal, deben ser totalmente
suprimidos. Sobre ellos dice Cristo en el capítulo 24 de Mateo: Ego sum
Christus, etcétera (Mt. 24:5-Yo soy Cristo). En efecto, el que ha hecho
votos de vivir en convento, cree que lleva una vida superior a la del cristiano
común y quiere ayudar con sus obras a llegar al cielo no sólo a sí mismo sino
también a otros. Esto significa negar a Cristo, etcétera. Y se jacta, basándose
en Santo Tomás, que los votos monásticos son iguales al bautismo, lo que es una
blasfemia.134
Sobre las Ordenanzas Humanas135
1 Cuando los papistas dicen que las
ordenanzas humanas sirven para el perdón de los pecados o merecen la salvación,
esto es cosa no cristiana y condenada, como dice Cristo: "En vano me sirven,
pues enseñan una tal doctrina que no es sino mandamiento de hombres" (Mt.
15:9). Lo mismo leemos en el capítulo de la Epístola a Tito: Aversantium
veritatem.136 2 Tampoco es correcto que digan que es
pecado mortal quebrantar tales ordenanzas.
3 Estos son los artículos a los que me
debo atener y me atendré hasta mi muerte, si Dios quiere, y no sé qué pueda
modificar o conceder en ellos. Si alguien quiere conceder algo, que lo haga
según su propia conciencia.
4 Finalmente, queda aún el saco de
malicias del Papa lleno de artículos insensatos e infantiles, como la
dedicación de iglesias, bautismo de campanas, bautismo de piedras de altares y
pedir padrinos que dan dinero para eso, etc. Estos bautismos son una burla y un
escarnio al Santo Bautismo, lo cual no se debe tolerar.
5 Después vienen la bendición de candelas,
palmas, especias, avenas, panes,137 cosas que no pueden llamarse o ser
bendecidas, sino que son mera burla y engaño.
Y estas bufonadas son incontables,
cuya adoración encomendamos a su dios138 y a ellos mismos, hasta
que se cansen. Nosotros no queremos ser perturbados con ello.
Martín Lutero D., suscribió.
Justus Jonas, D. Rector, suscribió con su propia mano.
Juan Bugenhagen, Doctor de Pomerania, suscribió.
Caspar Creutziger, D., suscribió.
Nicolas Amsdorff, de Magdeburgo, suscribió.
Jorge Spalatin, de Altenburgo, suscribió.
Yo, Felipe Melanchton, considero también los artículos presentados como verdaderos y cristianos, pero sobre el Papa estimo que, si quisiese admitir el Evangelio, nosotros también le concederíamos la superioridad sobre los obispos que él posee por derecho humano, haciendo esta concesión por la paz y la unidad general entre los cristianos que están ahora bajo él y que quisieran estar en el futuro bajo él.
Joannes Agrícola, de Eisleben, suscribió.
Gabriel Dydimus, suscribió.
Yo, Urbano Rhegius D., superintendente de las iglesias en el ducado de Lüneburgo, suscribo en mi propio nombre y en el de mis hermanos y en el de la iglesia de Hannover.
Yo, Esteban Agrícola, eclesiástico de la corte, suscribo.
Y yo, Joannes Draconites, profesor y eclesiástico en Marburgo, suscribo.
Yo, Conrado Figenbocz, por la gloria de Dios suscribo que así he creído y aún predico y creo firmemente como se indica arriba.
Andreas Osiander, eclesiástico de Nuremburg.
M. Vito Dietrich, eclesiástico de Nuremburg, suscribo.
Erardo Schnepffius, predicador de Stuttgart, suscribo.
Conrado Öttinger de Pforzheim, predicador del duque Ulrico.
Simon Schneeweiss, pastor de la iglesia de Kreilsheim.
Juan Schlachinhauffen, pastor de la iglesia de Köthen, suscribo.
Maestro Jorge Heltus de Forchheim.
Maestro Adamus de Fulda, predicador de Essen.
Maestro Antonio Corvinus.
Yo, Dr. Juan Bugenhagen, de Pomerania, suscribo otra vez en nombre del maestro Juan Brenz, quien residiendo en Esmalcalda me mandó en forma oral y por escrito, lo cual he mostrado a estos hermanos que han suscripto.
Yo, Dionisio Melander, suscribo la Confesión, la Apología y la Concordia en lo que se refiere a la eucaristía.
Pablo Rhodius, superintendente de Stettin.
Gerardo Oemcken, superintendente de la iglesia de Minden.
Yo, Brixius Northanus, ministro de la iglesia de Cristo que está en Soest, suscribo los artículos del reverendo padre Martín Lutero y confieso que he creído estas cosas hasta ahora y las he enseñado y pienso que por el Espíritu de Cristo de este modo las seguiré creyendo y enseñando.
Miguel Caelius, predicador en Mansfeld, suscribe.
Maestro Pedro Geltner, predicador en Frankfurt, suscribió.
Maestro Wendal Faber, párroco de Seeburg en Mansfeld.
Yo, Juan Aepinus, suscribo.
De la misma forma yo, Juan Ámsterdam, de Bremen.
Yo, Federico Myconius, pastor de la iglesia en Gotha, Thuringia, suscribo en mi propio nombre y en el de Justo Menús, de Eisenach.
Yo, Juan Langus, doctor y predicador de la iglesia en Erfurt, en mi propio nombre y en el de mis colaboradores en el Evangelio, es decir:
Reverendo licenciado Luis Platz, de Melsungen.
Reverendo maestro Segismundo Kirchner.
Reverendo Wolfgang Kiswetter.
Reverendo Melchor Weitman.
Reverendo Juan Thall.
Reverendo Juan Kilian.
Reverendo Nicolás Faber.
Reverendo Andrés Menser (suscribo con mi mano).
Y yo, Egidio Melcher, he suscripto con mi mano.